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Reflexiones sobre la muerte de un hijo

Todos nacemos para morir. Es un hecho de la vida, una etapa más que se debe cumplir en el ciclo de todo ser viviente, y sin embargo, para los que habitamos una sociedad que sobrevalora los logros materiales, olvidando los espirituales y la eterna juventud por sobre el natural deterioro o envejecimiento, la muerte es una derrota. La que nos demuestra impiadosamente que no somos dueños de nuestra vida, la que nos hace sentir dolorosamente vulnerables. La que nos advierte sobre nuestra finitud y no estamos preparados para ello. Consecuentemente la ignoramos, la olvidamos, vivimos cada día de nuestra vida en la total negación, como seres inmortales.

Pero la muerte llega, a veces a través de un lento y doloroso proceso, otras, brutal y repentinamente, pero llega. A ricos y pobres, a creyentes y no creyentes, a viejos, jóvenes y niños. Y por la magnitud y misterio de su naturaleza ha sido objeto y eje de toda especulación filosófica desde los comienzos de los tiempos; el hombre siempre ha indagado sobre su origen y el sentido de su existencia. Ha sido también expresada, descripta, desmenuzada a través del arte en todas las épocas.

Y un día llega a nuestro hogar como un huésped no invitado que deja vacía una habitación de la casa y un lugar en la mesa familiar. El que hace tambalear con su sola presencia las estructuras más intimas del pensamiento y de la vida misma. Y está aquí para quedarse. Y no la conocemos; y sin embargo es en la muerte donde hallaremos la clave de nuestra propia existencia, el sentido de la vida misma.

Ante la partida de un hijo –a quien difícilmente estaremos preparados para despedir-, el dolor es demasiado intenso y desconocido; pareciera que la vida no debiera continuar, el tiempo en su eterno fluir se hubiera detenido en un punto en el espacio, un punto de total incredulidad e irrealidad. Nadie sabe qué decirnos; todos escapan ante una realidad que no conocen, que siempre, que siempre han ignorado, que no saben manejar.

No puede ser, nos repetimos una y mil veces y sin embargo es; y debemos seguir viviendo, pero ¡¿Cómo?! Nos preguntamos una y otra vez. Pero todo dolor trae consigo una enseñanza y puede llegar a ser una experiencia regeneradora. Porque es enfrentándolo, conociéndolo, moviéndonos a través de él, que lograremos llegar más allá de él, más allá de lo inmediato, más allá del materialismo limitante; rescatando de un rincón del corazón los olvidados valores espirituales del hombre, que son los únicos que pueden salvarnos de una vida sin sentido, de una muerte en vida.

Entonces la muerte de nuestros hijos no habrá sido estéril, porque es a través de su partida que el verdadero sentido de la vida se comprende: como un tiempo precioso y finito que debemos vivir al máximo, pero de otra manera, ya que el camino trazado hasta ahora no es suficiente para esta nueva realidad. Debemos recomenzar, es como renacer de las cenizas. Debemos captar el mensaje de infinito amor que nuestros hijos al partir nos dejaron y que los hijos que quedan nos recuerdan cada día: dar amor, sólo amor...

Son nuestros hijos los maestros del verdadero y desinteresado amor y este sentimiento no tiene reclamos ni expectativas, ni siquiera necesita de una presencia física. Y cuando hayamos encontrado la paz y la aceptación, habremos de trasmitirla a los demás, a los que lo necesitan, a los que sufren, a los que aún viven en la oscuridad de la desesperanza y la rebeldía. Y en las profundas y consoladoras palabras de la psiquiatra suizo-norteamericana. Elisabeth Kübler-Ross:

“Todas nuestras investigaciones sobre la vida después de la muerte han revelado más allá de toda duda que aquellos que realizan la transición están aún más vivos, amorosamente rodeados de un amor incondicional y una belleza más allá de lo que nosotros podemos imaginar. Ellos no están realmente muertos, solamente nos han precedido en el viaje de la evolución en el que todos nos hallamos embarcados; ellos están con los seres queridos que los han precedido en la muerte, con sus ángeles guardianes, en el reino del amor y la compasión total.”

Kenneth Ring, doctor en Psicología, norteamericano quien realizó extensas investigaciones sobre las experiencias en el umbral de la muerte, nos dice: “Imaginemos una madre cuya pequeña hija ha sido arrollada por un conductor que perdió control de su automóvil; la madre puede haber visto el impacto y unos segundos más tarde sostiene el cuerpo malherido de su hija en brazos, esperando que abra los ojos un instante antes de morir.”

“Imaginemos lo que significaría para esta madre saber que su hija no sintió el dolor del accidente, sino que, en cambio, experimentó una extrema dicha interior y bienaventuranza jamás vivida antes. Imaginemos lo que significaría para la madre saber que, a pesar de las apariencias, su hija tuvo, en el momento de la muerte, la sensación de estar entera, sana, viva y que en ese instante se sintió envuelta en un océano de total y perfecto amor.”

La muerte no marca el fin de todo, es sólo una necesaria etapa en la evolución espiritual del hombre, es una parte integral de la vida, la que nos marca el límite de nuestra existencia terrena y nos enseña a apreciarla en su verdadera dimensión para vivirla totalmente, rescatando esa olvidada espiritualidad en nuestro diario vivir para saber prepararnos, para que, en el momento de realizar nosotros la transición, saber que no hemos dejado cosas por hacer y en el instante de dejar el capullo para volar libres de regreso a casa, sepamos que hemos comprendido el mensaje de nuestro hijos, porque hemos dado todo el amor de que fuimos capaces.

Alicia Schneider Berti-Gustavo Berti